Por Santiago Giménez

Hay películas que filman un paisaje y otras que consiguen que ese paisaje forme parte de la historia. “Muña muña”, la ópera prima de Paula Morel Kristof, pertenece a la segunda categoría. El Mollar, sus montañas, sus caminos, sus silencios y sus habitantes no funcionan solamente como escenario: son una presencia permanente, casi un personaje más. Y allí está una de las mayores virtudes de esta película que se estrenó en la Competencia Latinoamericana del Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo.

La historia sigue a Olga (Liliana Juárez), una enfermera de unos 60 años que vive en los Valles Calchaquíes. Su vida transcurre entre el trabajo, su hijo Rubén y una cotidianidad aparentemente tranquila, hasta que conoce a un hombre francés más joven que ella. El encuentro abre una puerta que parecía cerrada: Olga vuelve a mirar su propio deseo, se permite un despertar sexual y empieza a preguntarse qué quiere para sí misma cuando la vida que conocía comienza a cambiar.

No es una historia de amor convencional. El francés le presta atención, la seduce y le devuelve a Olga una posibilidad que quizás ella misma había dejado de considerar. ¿Pero acaso Olga está buscando a alguien que la acompañe o está descubriendo que, en realidad, no necesita que nadie venga a completar lo que le falta? En cualquier caso no termina de quedar claro y es uno de los interrogantes que se mantienen incluso hasta el final.

La pregunta se vuelve más profunda cuando aparece Rubén, su hijo, que tiene planes de irse a a otro país. La inminencia de esa partida instala en Olga la conciencia de una soledad que hasta entonces podía permanecer escondida detrás de las rutinas. Pero la directora no aborda esa situación desde el dramatismo necesariamente y acá surge otra característica importante de la película: el humor. “Muña muña” es muy graciosa.

El humor no parece agregado para aliviar el drama, sino que nace de los personajes, de su forma de hablar y de situaciones reconocibles para todos. Durante la función del festival, las risas del público acompañaron buena parte de la película. Los chistes encontraban respuesta inmediata en la sala, como si la película hubiera conseguido establecer un código compartido con quienes estaban mirándola.

Mucho de eso tiene que ver con la tucumanidad de la película. Los modismos, tonos, maneras de relacionarse y pequeñas situaciones que construyen una identidad local sin subrayarla. La directora no es tucumana, pero tiene vínculos familiares con la provincia y nutrió a toda la película de actores locales. Morel Kristof contó que El Mollar fue un lugar importante durante su infancia, ligado a la casa que su abuela materna construyó al pie de las montañas.

La representación, justamente, no se siente impostada. Luego de la función del festival Tucumán Cine, un espectador de El Mollar agradeció a los realizadores por la manera en que habían retratado el lugar.

La fotografía también entiende esa lógica. Los Valles Calchaquíes aparecen muy lindos, pero no como un folleto turístico. La película encuentra el contraste entre el verde, la aridez, las montañas y la vida cotidiana.

El muña muña es una planta de la región a la que se le atribuyen propiedades vinculadas con el amor y la seducción. Olga recurre a ella para intentar conquistar al francés. Es una pequeña síntesis de lo que propone la película: superstición, humor, deseo y territorio mezclados sin solemnidad.

No todo queda resuelto en “Muña muña”. La película deja flotando la pregunta por el destino de Olga y por aquello que realmente necesita. Quizás no tenga que llegar a ningún lugar. Quizás el verdadero viaje sea permitirse volver a desear.

“Muña muña” cuenta una historia pequeña, íntima y profundamente tucumana sin convertirla en una postal.